En el bosque de la melancolía

No sabía si eras vos. Tenía que saberlo.

Nos sentamos acurrucados en la tranquilidad que nos daba la oscuridad de la habitación. Era un tiempo congelado, casi anecdótico. Un lugar sin sonido, sin movimiento, pero definitivamente con algo de esencia en cada una de sus caras.

Un momento, mío y tuyo, y de nadie más.

Te mire, y te dije que no iba a ser fácil.

Nunca había ido acompañado. El bosque es un lugar complicado. Siempre lo visitaba cuando sentía que mi vida era un desastre o, curiosamente, cuando sentía que todo estaba saliendo bien.

Es el lugar más feliz y más triste del mundo a la vez, por más extraño que pueda sonar.

Mire al techo antes de emprender el viaje. No quería verte a vos, porque iba a pensar que todo lo que hacía era un error. ¿No es increíble como el ser humano está seguro de lo que tiene que hacer hasta que una persona particular le clava una mirada?

¿Estaba seguro?…

Tu mueca me dio la señal de que era un buen momento para partir. Cerramos los ojos, y esa oscuridad que hasta el momento solo era una tímida espectadora de la tranquila escena, invadió nuestra visión primero y poco a poco, fue creciendo hacia nuestra conciencia. Te tomé la mano lo más fuerte que pude. Los dos sabemos que no te iba a perder en el viaje, pero necesitaba sentir tu piel.

Veo todos los días a la gente luchando por no perder cosas, como si la única razón para aferrarse fuertemente hacia algo o alguien fuera el miedo a no volver a tenerlos jamás.

No era mi miedo. Mi miedo era el de no aprovechar cada momento que tu presencia me hacía sentir seguro y feliz de lo que estaba viviendo.

Después del apagón, el viento nos peinaba las caras con una suave brisa. Despertamos tranquilamente acostados en el pasto, con el olor a una tempestad pasada, y el sonido de un día nuevo.

Bienvenida a mi bosque de la melancolía…

Nos levantamos, siempre de la mano. Te pregunte si estabas lista para afrontar lo que sea que pudiera rondar por ahí. Que no íbamos a ser las mismas personas de principio a fin.

No me respondiste, solo me sonreíste y me guiaste adonde querías ir.

Fue lo primero que te llamo la atención, ese gran pino hecho de aluminio a solo unos metros donde estábamos nosotros. Me preguntaste que era.

Cada vez que el sol da su reflejo en ese pino, puedo ver a todas las personas que quise ser y no pude terminar siendo”

Fue así, cómo en los próximos minutos pudiste ver junto a mí, en esos reflejos, en esas imágenes casi fantasmagóricas, todos mis sueños derrumbados. El profesional que no fui. El amigo que deje de ser. El artista que se dejó ganar. El optimista que no dio para más.

Sentiste mi fracaso y mi bronca, pero me volviste a sonreír y me abrazaste, obligándome a seguir caminando después de un momento.

Nos econtramos un rato después con el banco de la encrucijada, un sencillo tronco tallado para poder sentarse. Yo te explique que tenía tal nombre porque cada vez que te sentabas, podías ver cada decisión importante que tomaste en tu vida, y cada camino que decidiste elegir. Me invitaste a descansar.

Entre alegrías y desconciertos, viste todo lo que hice bien y todo lo que hice mal. Todas mis grandes mentiras, todos mis momentos de coraje, todas mis metidas de pata y todos mis vestigios de esfuerzo.

Fue duro, pero sé que a cada imagen que veías, tratabas de entender mis porqués.

¿Eras vos la persona que tenía que ver esto?

Ya sea para tu seguridad o mi (ahora mayor) confusión, decidimos cortar el descanso y seguir caminando, dejando el humilde tronco a nuestras espaldas.

El camino se hizo tortuoso con una neblina que complicaba cada vez más nuestra vista, y llamó poderosamente tu atención que nos encontráramos a otras personas caminando indiferentemente, e incluso perros y gatos al lado del camino. Me dijiste que pensabas que estábamos solos. Te confirme que así era. Lo que veías era el pantano de lo perdido.

Mientras la caminata se complicaba, y empezabas a notar extrañas figuras como arboles de plástico, plantas de algodón y un sinfín de chatarrería, te explicaba que en este lugar viene a parar todo lo que perdí en vida, tanto bienes materiales como seres queridos.

Viste como pasaron abuelos, familiares lejanos y hasta amigos cerca mío. No me miraban. Yo los deje ir en su momento, el arrepentimiento no iba a servir de nada. Por más que genuinamente lo sintiera.

Pero el dolor crecía, al ver como seres que alguna vez fueron mis mascotas, como conocidos que alguna vez fueron mis amigos, y como amigos que alguna vez fueron mis hermanos, me dejaban a un lado a su paso.

Cruzamos el lecho y cuando se despejo la niebla, vimos el precipicio. El final del bosque.

No me sentía bien, ni feliz de haber compartido mis mayores inseguridades con vos. En ese momento no supe realmente porque estaba tan seguro, antes de comenzar, de que esto era una buena idea.

Triste, débil y más confundido que nunca, me senté con mis piernas volando libremente en el abismo y mi mirada perdida en la nada de esa imagen, solo un claro y vasto reflejo de mi interior en ese instante.

No quería más. No podía más. Una lágrima se dejo caer por mi mejilla.

Fue en ese momento cuando me pare, me di vuelta y te mire.

¿Qué haces cuando soy lo que mas queres, pero no lo que realmente necesitas?” te dije.

Esperaba solo la respuesta que me sellara el destino.

Pero en cambio me sonreíste, una vez más, jugaste en con mi pelo y me dijiste…

¿Qué haces cuando no tenes lo que queres, pero me tenes a mí?”

Ahí supe, en el agujero más oscuro de mi alma, en el lugar más profundo de la arboleda de mis miedos…

Que vos eras y siempre fuiste lo que más necesite.

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