El paraíso

Los Sidor eran un pueblo nómada que buscaba el paraíso. Su líder profeta, Ignaz Jasebel los guiaba por las arduas tierras de Solan. Llevaban ya veintiséis años de procesión, buscando aquel lugar con el que Ignaz soñaba fervientemente todas las noches.

No se sabía bien si eran sus virtudes como orador, sus cualidades de líder, la costumbre o sus ojos transparentes los que generaban tantos adeptos y seguidores. Muchos habían desertado de pueblos sedentarios o bien establecidos para embarcarse en la epopeya y el paraíso que prometía el místico Ignaz.

La vida de los Sidor era dura y extenuante. Su jornada empezaba con los primeros destellos de sol, como desayuno terminaban de consumir lo cazado, o robado, durante el día anterior. Luego empezaba una caminata lenta y letárgica, rezagada después de tantos años, a través de desiertos, bosques, estepas, arenas, ríos, montañas y cualquier obstáculo geográfico que se les cruzara en el camino.

El marchar no era aleatorio, estaba organizado jerárquicamente y en posición defensiva. A la delantera iba Ignaz, rodeado de los más poderosos guerreros del pueblo, su séquito de mujeres lo seguía, también custodiado por estos bravos guerreros. Él procreaba con todas sus mujeres y sus retoños se sumaban al pueblo, por lo que una buena parte eran hijos de él. Luego les seguía otra franja de soldados, los que custodiaban a todos los niños y ancianos. Al final iban los más jóvenes, que también hacían de protección y cuidado del poblado. Hacia ambos costados, soldados de menor rango custodiaban los flancos.

Los ancianos custodiaban los alimentos y tesoros del pueblo, que estaban justo entre los niños y los jóvenes. El número se acercaba a los veinte mil y por donde pasaban dejaban profundas huellas y desgaste.

Los Sidor eran un pueblo pacífico y filosófico, salvo en escasas ocasiones cuando había escasez de alimentos o agua, se agitaban y salían de su curso de paz, pero esto solo había pasado pocas veces. Tampoco eran atacados ni perseguidos por más que mercenarios y ladrones de baja mota, ya que no tenían artículos de interés para los reinados.

El lugar del que Ignaz les hablaba era un paraíso terrenal. En el había abundancia eterna de alimentos, manantiales por doquier, veranos inagotables, lluvias productivas, animales dóciles y domesticables. En este lugar reinaría la paz y la armonía, por lo que habría ausencia de soldados, de autoridades y de sumisos. Todo el mundo iba a estar en igualdad de condiciones, ya que solo iba a valer la pena vivir, sin más que preocuparse.

Muchos seguían a Ignaz por costumbre, con el pasar de los años se les había borrado la ilusión de encontrar el paraíso terrenal, pero ¿donde más iban a parar, aquellos que toda la vida habían errado y no tenían registro en ninguna parte? Algunos se consideraban fantasmas vivientes, otros reencarnaciones de animales salvajes y otros simplemente habían nacido en esas condiciones y no conocían más que caminar y buscar.

Con el pasar de los años y el envejecimiento del cuerpo y la lucidez de Ignaz el pueblo se comenzó a desgastar. Poco a poco se iba tiñendo de gris, las ropas y pieles se fundían y transformaban en harapos, los cabellos se ensombrecían, los cuerpos perdían vigor y salud. La población se iba diezmando y las ilusiones día a día se acababan como la misma vida.

Periódicamente Ignaz predicaba sus profecías y, parado en lo alto de un atril, endulzaba los oídos de grandes y niños con promesas de paz y felicidad. Con sus palabras fortalecía los corazones de los débiles, y enardecía los deseos de los jóvenes, apaciguaba las necesidades de los ancianos y colmaba de promesas a los hombres y mujeres del pueblo. Ellos lo seguía sin discutir, sin revelarse, sin preguntar ni dudar de sus palabras. Todas los días, todas las noches, todos los años.

Un día llegaron a una extensa pradera. Siete ríos atravesaban toda la zona. En los árboles se agolpaban los frutos y manadas de animales pastaban a lo lejos. Era una vista infinita, verde, invadida por el perfume de las flores y las lluvias en las montañas. Estaban lejos, muy lejos de todo rastro de civilización o pueblo. Ignaz no pronunció palabra sobre este lugar y, como costumbre, nadie pregunto ni se pregunto nada. Establecieron el típico campamento de paso y por alguna extraña razón se quedaron un tiempo más de lo común, aunque todos estaban maravillados por aquellas tierras, nadie se atrevió a preguntarse nada, ni dudar un instante del silencio de Ignaz.

Al cabo de unos días continuaron la marcha, rezagados, con el peso de mil años encima. Pasaron varios días y el paisaje se tornó árido y hostil. El camino era empinado y frío, arenoso y gris. Vientos poderosos tapaban los ojos de la gente de arena y polvo. El agua empezó a escasear y no había alimentos por ninguna parte. Luego de varios días de camino Ignaz se paró en lo alto de su altar y sentenció…

Queridos Sidors, el destino me ha engañado, nos ha engañado todo este tiempo. No hay paraíso terrenal. Continuaré solo mi camino.

Y así sin más, el pueblo siguió a Ignaz.

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