Miradas lejanas

Cap 1: Amores lejanos

Los meses pasaron tan lento, tan lento para los dos, y el amor que nos unía cada vez se iba haciendo más fuerte. Hablábamos todos los días, de las prácticas para el abierto, de nuestra vida cotidiana. Yo estaba tan ansiosa por verlo, por estar con a su lado, por volver a besar sus labios. Y, finalmente, llegó el día, me iba a Córdoba.

No tuve problemas en el avión, pero llegando allá, me enteré que me habían traspapelado una de las maletas, estaba como loca, era una maleta muy importante. Después de hacer el reclamo en el mostrador de la aerolínea, me fui al hotel, bastante cerca de las canchas, estaba con la cabeza tan en otras cosas que hasta me había olvidado de Ernesto completamente. Hasta que al otro día en la ceremonia de inauguración lo vi, como quien está en otra cosa, y, de pronto dio vuelta la cabeza y cruzamos miradas. Esos ojos que, aun habiendo tanta gente, solo me miraban a mí.

En la práctica previa a los partidos, nos cruzamos y tiramos los bolsos al piso y nos fundimos en un abrazo, y sentí que todo iba a estar bien. Ese abrazo, sentí que fue eterno, y que el resto del mundo dejaba de importar. Como teníamos que entrenar, me invitó esa noche a su habitación, en el mismo hotel en el que yo estaba. Íbamos a hablar de todo lo que nos habíamos dicho por teléfono.

Nunca en mi vida estuve tan nerviosa. Cuando toqué la puerta de la habitación 459 y el me abrió, estaba de punta en blanco, una camisa blanca y un pantalón de vestir negro, yo llevaba un vestido. Lo vi hermoso, en la puerta de la habitación lo besé, y me invitó a pasar. Estaba en una suite con un ventanal muy amplio, y una mesa con dos sillas. Agarró una carta, la del servicio a la habitación y me dijo “elegí lo que vos quieras” pedimos lo mismo, salmón grillé con verduras.

En la cena hablamos de todo, no nos dejamos ningún tema por tocar. Yo estaba enamorada, ahí fue que me di cuenta. Y en el momento que terminamos de cenar, me paré y él vino de atrás y me besó el cuello. Esa noche hicimos el amor como nunca en mi vida lo había hecho. Éramos una sola piel, un solo corazón que latía agitadamente mientras que nuestras bocas bailaban un ritmo hipnotizante. Nos quedamos dormidos abrazados, y cuando me desperté abrazada a él lo mire y pensé en mi mente “esto es un sueño”, realmente me sentí la mujer más feliz del mundo. Le di un beso, y me fui a desayunar. Más tarde yo competía, había que prepararse.

En los siguientes días no tuvimos oportunidad de estar juntos. Nuestros horarios no coordinaban, la competencia en el abierto era feroz. Él ganó el masculino, yo lamentablemente quedé tercera en mi categoría. La noche que él ganó la final, nuevamente le llamé, era la última noche que nos íbamos a ver y yo la quería aprovechar al máximo. Esa noche no hicimos el amor, simplemente nos quedamos toda la noche charlando y mirándonos a los ojos.

Me acompañó al aeropuerto, yo era un mar de lágrimas, no sabía cuándo el destino nos quisiera volver a juntar, y cuando me llamaron a embarcar el vuelo, nos juramos que no iba a ser la última vez, nos volveríamos a encontrar.

Estaba enamorada como una quinceañera, mis días no eran los mismos, necesitaba estar con él. Hablábamos mucho, y me salió la oportunidad de entrar en un torneo clasificatorio para el abierto de Colombia, era en Buenos Aires, y yo sabía que él iba a estar ahí, los dos lo habíamos hablado. No lo pensé demasiado, me decidí a ir. Cuando llegue al hotel dejé las maletas y me fui a las canchas de prácticas, necesitaba verlo, y cuando lo vi, note algo raro en su mirada. Algo había cambiado.

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