Día del Canciller Decapitado: Rodarán Cabezas

 

Leer Capítulo 1: Carmina Maese y Don Rogelio Maese

Leer Capítulo 2: Carmona y el ánima de Alcázar

 

El folclorista

16 de Julio 1868

No hay noche mala sino la que no se duerme.

Siempre esperaba encontrar yo al folclore, desprevenido e indefenso, listo para ser capturado en la jaula distorsionada de mis palabras. Como dijo ese Fígaro, que escribía en La Revista Española, «tal es la historia de todos los pueblos, tal la historia del hombre… palabras todo, ruido, confusión». Cosa cierta, sólo cuando se escribe subjetivamente con la única base de la subjetividad de lo que nos cuentan. Esta vez, sin embargo, el folclore me había descubierto a mí, de noche, tumbado en la anciana piedra de un alcázar abatido por los años, el tiempo, y las ánimas que por ahí se paseaban. Yo no escribía en base a las palabras de nadie, sino en base del folclore en persona, la mismísima verdad descubierta antes mis ojos. Yo lo había visto, susurrándome al oído, «morirás»; una faz espiritual, blanca como la muerte que se lleva todo el color y sólo deja el gris y el negro putrefacto. No era, sin embargo, la faz de un hombre, sino la de una mujer, ni era una mujer entera, sólo una cabeza volante de la que colgaban tendones, venas, arterias y esófagos; era una muerta cuya ánima se había quedado en el mundo terrestre para atormentarnos; o avisarnos. Así amanecí junto con el Sol, fiel enemigo de las almas en pena, que huyen cuando ven el primer rayo de luz; amanecí escribiendo la verdad, clara.

No obstante, me urge terminar el relato de Carmina y Rogelio, el cual se vio interrumpido tras la dicción del romance. No desesperen, pidiera a los pacientes lectores, que lo que a mi sucediere, os contaré más adelante

Carmina y Rogelio Maese

19 de Julio de 1796

Don Rogelio cerró el libro y lo puso de vuelta en la estantería. Carmina, que lo tenía muy en poco, tenía sentimiento encontrados con respecto al asunto. Su abuelo había sido muy sabio, uno de los pocos alfabetizados de Carmona, envidia de muchos clérigos que se rebajaban y acudían a él por conocimiento y no a Dios.

—Abuelo, por misericordia, déjese de cancilleres y de cabezas. Usted que se ha valido siempre de la prudencia, me sale con estas cosas.

—¡Misericordia! ¡Prudencia! Es por prudencia que tengo aún cabeza sobre hombros. Haz caso, Carmina, y cierra las ventanas y las puertas con sus ferrojos.

Cedió la muchacha a la locura de su abuelo, pues temía que con otro enojo se le saliera el corazón por los ojos. Además, ya iba oscureciendo, «—válgame el cielo, que aquí muera asfixiada esta noche. Mejor le abra las ventanas, cuando ya se haya dormido, y no muramos de calor». Pensando en esto, satisfizo Carmina las demandas de su abuelo. Pero no hubo terminado de cerrar las ventanas y las puertas, que de nuevo se le vino a mandar.

—¡Carmina, Carmina! —de sabe Dios donde llamaba el anciano.

Siguió ella el sino y dio con el hombre abriendo unos cajones y sacando lo que parecían ser velas.

—Siete ventanas hay en esta casa. Por cada una, pon una vela afuera de estas. Aprovecha el fuego de la cena, e ilumina la casa.

—Señor de mi vida, ¿para qué las velas?

Alargó la cara su abuelo.

—El rey moro así acostumbraba a hacer. El fantasma del canciller, no se atreve a entrar en casa de moros.

«—Claro, con el calor yo tampoco me atrevería a entrar en una casa cerrada a cal y canto». Calló Carmina e hizo como su abuelo decía.

Después de yantar, bien satisfechos los dos, hablaron de otros asuntos más familiares y de más cordura; así pasaron la tarde-noche. En esto, la oscuridad ya se extendió por el cielo y los párpados del anciano por sus ojos. Metido en la cama lo dejó, dormido, y ella, que estaba muy acalorada por la cena, también quería dormir. El sueño, por desgracia, rehuía de su labor y la mantenía muy despierta. El calor, por supuesto, era el calor. Carmina daba muchas vueltas en la cama, intentando buscar una postura que le refrescara, pero no era posible. Unos escalofríos que le subían desde los pies a la frente; su cuerpo reaccionando al sofoco, sin mucho éxito. Ella quería ser paciente; no quería ser descubierta en su desobediencia por la mañana, y por eso dejaba la ventana sellada. La vela destellaba, como si estuviera al calor de una hoguera; no, como si estuviera dentro de un horno, sí, y aparecería asada por la mañana.

Insoportable. Horas pasaron. Ya muy entrada la madrugada.

Carmina no podía más. Estaba desesperada; si seguía sudando, además de calor, le entraría sed. Ya sería el colmo. Se levantó de un brinco y, muy sigilosa, se acercó a la ventana. Ni que gato fuera, abrió la ventana de par en par y recibió la brisa nocturna que le supo a cielo. Con la brisa entró el sueño por la ventana, y lo imposible se hizo posible. Entonces, no fuera la luz de la vela a impedirle el sueño, se agachó para apagar la luz; aspiró, tensó el cuello, y extinguió la llama. No fue sino cuando el último rastro de humo desapareció que vio lo que detrás se escondía. Como un tronco cortado; un cuello que descubría cosas escondidas, cosas impensables que nadie debía ver.

Rodó la cabeza de Carmina en la noche del 19 de julio de 1796. A los días, notando la falta del anciano en la plaza de abastos, fueron a visitar los del pueblo. Descubrieron a Rogelio Maese y su nieta Carmina Maese separados, cabeza por un sitio, cuerpo por otro. Ambas cabezas mostraban una mueca esculpida, una mueca de terror intenso.

Continuará…

Comprá el libro de David Moraza acá:


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