Sin culpa, no eres nada.

friendly-lion2

La culpa es una cosa esotérica. Me pregunto muchas cosas sobre la culpa; ¿nacemos con ella? ¿La aprendemos? ¿Es una verdad falsa o una verdad verdadera? No sé. Siempre que nos topamos con una cuestión así, nos comparamos con el mundo animal. ¿Sienten culpa los animales? Yo diría que sí; no son pocas las veces que he visto un perro arrepentido tras su desobediencia. Yo, sin embargo, vengo con una afirmación peligrosa: ¡hay que sentirse culpable! La culpa es mandataria; nos es necesario para vivir. Permitidme entonces, que os explique esta cuerda locura. Para ello, hablaré de la culpa hoy en tres términos: traición, amor y peso.

Con respecto a la traición, tres cosas hay que admitir: que no hay culpa sin traición, que no hay culpa (o traición) sin mandamiento, y que el opuesto de obediencia no es la desobediencia; el opuesto de obediencia es falta de obediencia y el opuesto de la desobediencia es la falta de desobediencia. Os cuento una experiencia que confirma esto: trabajando en mi noble universidad como limpiador, decidí hacer más que trabajar; en vez de limitarme a coger bolsas de basura y tirarlas al contenedor, quise hurgar entre las bolsas y reciclar lo que en ellas había. De cada bolsa de basura, separaba el papel, las botellas de plástico, las latas y el cartón. Cosa buena hacía, ¿no? Pues mi jefe no opinaba lo mismo; decía que tanto reciclaje me ralentizaba y, además, con tanto hurgar en las bolsas, podría cortarme con algún objeto afilado. Me prohibieron reciclar. ¡Qué estupidez! Al día siguiente, mientras cogía la primera bolsa de basura, tenía sentimientos de culpa encontrados: por no reciclar me sentía culpable, pues traicionaba al planeta tierra y desobedecía mandamientos, los que nos hacen los ecologistas de reciclar; sin embargo, si reciclaba, también me sentía culpable, pues traicionaba a mi jefe y a mis otras tareas (que no podía cumplir por falta de tiempo) y, además, desobedecía el mandamiento de mi jefe. Así vemos que había culpa tanto por la obediencia como por la desobediencia. La obediencia y la desobediencia convivían, ambas estando en lo cierto, entre el conflicto de dos mandamientos encontrados y entre el conflicto de dos traiciones aseguradas. Si los ecologistas nunca hubieran hablado de reciclar, mi jefe nunca habría tenido que prohibirme reciclar; por lo tanto, habría una falta de obediencia y una falta de desobediencia. Yo estaría en un campo neutral, libre de culpa, pues no habría traición ni mandamiento. ¿Qué preferimos? ¿Un campo neutral con falta de obediencia y desobediencia? O, ¿un campo de bandos con obediencia, desobediencia, mandamientos y traiciones? Repito: para vivir, hay que sentir culpa.

Continuando con la traición, quiero decir algo último; esto es: nacemos con mandamientos. Un cuerdo no mata a sangre fría por primera vez sin sentir culpa; cosa diferente es que después se acostumbre, pero de eso hablaremos después. Nacemos con el mandamiento de «no matarás». Asimismo, con muchas otras cosas. Siempre, desde que hubo vida en la tierra, hay mandamientos, siempre hay traición, siempre hay obediencia y desobediencia, cada cual con sus contrarios. Ahora, a quien traicionemos con nuestra desobediencia u obediencia, yo no nombro.

Con respecto al amor, una cosa hay que admitir: no hay culpa sin amor. En esto, yo pienso en el león. Se adentra un hombre en la sabana, da unos cuantos pasos, y ahí se escucha el galope del león que viene a comérselo. Os aseguro que no quedará carne con hueso en ese hombre, toda ella estará en la barriga del león, que disfruta del manjar. Aquí no cabe culpa en el animal, pues hay falta de obediencia y falta desobediencia; es decir, en el león no hay amor por tal hombre; sin amor, no hay traición. Digamos que el león nace sin madre; cuando abre los ojos por vez primera, ve la faz del hombre. Sí, digamos que el león se cría con el hombre y con los hombres. Te digo que el león no se los come. El león mirará a la cebra y al ciervo y ahí verá cenas y almuerzos; mirará a otros leones y a otros hombres y verá iguales extranjeros, potenciales amenazas, pero se controlará por obediencia; vera a los hombres con los que se crio y se abalanzará sobre ellos para lamerles la cara. Ahora, no habrá rasguño, que el león haga por desobediencia a sus iguales, que no venga acompañado por la culpa. Pues el león ama y obedece a lo que ama. Por cuanto si desobedece, traiciona a lo que ama.

Continuando con el amor, quiero decir algo último: nacemos amando. Un cuerdo nace amando, por eso siente culpa si desobedece a lo que ama, es decir, quien le dio mandamientos antes de nacer. Ahora, a quien amemos antes de nacer, yo no nombro. Cada cual investigue.

Con respecto al peso, una cosa hay que admitir: la culpa es un peso soportable. Una historia (por la que se me ocurrió este artículo): hoy mismo, me encontraba trabajando cogiendo piedras y tirándolas a una zanja. La fatiga era notable; por cada piedra muchos, muchos jadeos. En esto, que a lo lejos vi a la madre de todas las piedras; una piedra gorda, tres o cuatro veces más grande que cualquiera de las que había movido antes. Un titán, enemigo máximo de mis fatigas. En el intento de moverla, me vi en la tumba; sin embargo, superándome en el esfuerzo, moviéndola pasito a pasito y descansando cada tres metros, llegué con ella a la zanja y la tiré hecha cadáver a la fosa común de sus hijas pequeñas. Cuando volví a las otras piedras con la capa de la victoria, noté que las piedras que antes se me hacían pesadas ahora se me hacía ligeras, incluso las llevaba de a dos. ¡Cosa! Pues así con la culpa. Donde la mentirijilla se nos hacía de mucha culpa, ahora se nos hace ligera de llevar. El joven que miente, que después maltrata, que después abusa y después mata. Ya hecho un asesino, no siente culpa por mentir. Y no que no se cargue de culpa por mentir, pero mentir es una cosa tan ligera que ni la nota. Llega un momento que se olvida; ya ni hay más culpa, ya no hay más carga. Ahora es un infeliz, un monstruo. Ahora obedece a su irresponsabilidad, a su insensibilidad; una obediencia fácil que pocas veces se desobedece, y como no se desobedece, no hay vuelta atrás.

Concluyo. Así son la culpa y la tristeza nuestras mejores amigas, pues nos enseñan a obedecer cuando debemos y desobedecer cuando debemos. Así son la falta de desobediencia y la falta de obediencia nuestros peores enemigos, pues nos sumen en un mundo de faltas: donde no hay ni satisfacción, ni insatisfacción; donde ni hay ni felicidad ni infelicidad; ni tristeza, ni in-tristeza; ni amor ni desamor; ni odio ni des-odio. No hay nada, no hay propósito ni despropósito. Somos inútiles. Somos nada. En esto, os digo: mejor nos es encontrar la desobediencia y la desobediencia en todo, pues así viviremos como humanos. Si nos quedamos en el campo neutral, donde hay falta de desobediencia y falta de obediencia, entonces seremos seres sin propósito, sin alma, faltos de todo.

WhatsAppShare

Comentarios

  1. Natividad dice:

    Unas reflexiones muy interesantes
    Gracias por tus artículos y por las historias, siempre disfruto leyéndolas

Opina

*