Tengo una sonrisa | Capítulo 1

 

La vieja se levanta a la misma hora 06.30, como hace veinte años, desde que su difunto marido la dejó sola, sintoniza la radio en el mismo dial, y escucha las mismas baladas tangueras una mañana tras otra (para el oído entrenado de ésta mujer no bastaba con cambiar cada tanto el orden de las canciones, ella estaba segura de que siempre eran las mismas).

En fin, se desplazaba por su vivienda, preparaba el desayuno y esperaba a que su hija pasara (a las apuradas como siempre) y le dejase a su hijo, un chiquito sumamente travieso, pero sobre todas las cosas, el regalón de la vieja Irma.

Era la quinta vez que introducía el saquito de té en el agua caliente, cuando una voz salió de la radio citando una frase que cambiaría algo en ella

El preludio de una canción moderna que empezaba así:

“Crecer sucede en un latido, un día estás en pañales y al día siguiente te vas, pero los recuerdos de la niñez permanecerán contigo”

Sólo pudo esbozar una sonrisa que cubrió toda su añosa pero siempre delicada cara, y fue en es momento en al que algunos recuerdos empezaron a caer cual hojas de otoño :

El olor al pan recién horneado, que hacía su mamá por las mañanas en su casa natal, el brillo del sol de la mañana que entraba por la ventana del curso, en aquellos primeros años de estudio..

Se toca la rodilla y vuelve a esbozar una sonrisa, seguida de unos recuerdos más:

La terrible caída que había sufrido aprendiendo a andar en bicicleta, el frío que cubría todo su cuerpo cuando jugaba de chica en el arroyo, debajo de aquel gigante sauce.

El sabor amargo de los mates que le hacía su abuelo después de comer, los que siempre acompañaba con una historia que terminaba en fábula tras hora y media de relato.

El beso robado por aquel chico en la esquina del almacén, frente a toda la barra de amigos.

Ese día cuando su mamá la sentó en la cocina, y le dió la terrible noticia de que su papá había fallecido Y como cada día después de ese, aún podía sentir el aroma de su padre al abrazarla.

La vez que huyó de casa a los dieciséis años con ese muchacho de la ciudad.

Ese día cuando su difunto marido, le pidió casamiento… De sólo recordar ese momento la boca se le secó de inmediato y se vió obligada a tomar unos cuantos sorbos de agua.

Seguía recordando..

La vez que dejó caer libremente la lluvia sobre su rostro, y pudo sentir como ésta limpiaba su ser.

Ese día especial, cuando pudo sentir por primera vez la dicha de ser madre.

Y cómo las campanas de la catedral truenan a media noche cada treinta y uno de diciembre…

 

Continuará

Escrito por Mauricio Gregurak para la sección:

 

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Comentarios

  1. Checha dice:

    Y día a día vas mejorando cada historia, con esa sencillez y las palabras precisas. Siempre me emocionan tus historias! En momentos como este entiendo, xq, te elijo como mi gran amigo y confidente! Shapo amigo, siempre para adelante

  2. M@uri dice:

    graciaaaaaaaa amiga!!!!

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