Semana Santa: La expiación en confesión

&Aacute

“Ofrezco éste, mi sacrificio, a la criatura más preciosa a mis ojos; te exhorto a que ahora ante mi aparezcas, que en este momento verte pueda” – Invocaciones Nocturnas

 

Semana Santa: La Inocencia

Semana Santa: La Perversión

Me atormentaba, sus mensajes me atormentaban. ¿Cómo vivir bien con Dios y el Diablo a la vez? ¿Cómo permanecer en el límite de la pureza y la impureza? Mis compañeras debatían sobre los colores de las telas de los vestidos, mis compañeros por su parte ya pensaban estrategias para llevar alcohol a Bariloche. Yo sufría acoso. De él, de Franco. Ya habían pasado varias semanas de nuestro último encuentro. Estaba cumpliendo las ordenes que me habían otorgado en misa, alejarme del pecado, resistir la tentación. Pero él no podía, parecía haberse hecho adicto a mi inocencia, adicto a mi inexperiencia. ¿Cuánto tiempo más se puede tolerar la incitación? Era cuestión de días para que mi bomba de santidad detonara. Días.

Domingo 29 de junio del año 2014, fecha que jamás voy a olvidar. Domingo de misa… domingo de confesión. Ingresé al confesionario. Jamás pensé que lo que me aguardaba en esa caja cuadrada de razón cerrada iba a cambiar mi vida para siempre.

– Repita conmigo, en nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén. – Decimos a coro.

-Hija mía, ¿Cuánto tiempo paso desde su última confesión?

-Fueron semanas padre, no he tenido el valor de regresar a nuestro hogar sagrado después de lo que hice.

– Usted sabe, dulce niña,que siempre las puertas del señor se encontraran abiertas para aquellos que se arrepientan de sus pecados.

-Ese es el tema, padre, no encuentro mi arrepiento.

– Cuénteme, tenemos todo el tiempo del mundo mientras nuestra alma recorra el suelo terrenal. Mis oídos, los oídos de Dios. Son suyos

Empecé a relatar con voz baja. Casi susurrando.

– Hace un tiempo padre conocí un muchacho, del cual se basó mi última confesión. Franco, el hermano de mi compañero. O como suelo llamarlo en mis sueños, Lucifer.

– Si hija, recuerdo.

El cura se acomoda sus lentes, junta sus manos apoyadas sobre la Biblia y espera expectante mi historia.

– Desde nuestro último encuentro solía mandarme mensajes constantemente, me buscaba. Yo ya no sabía cómo ignorarlo, de hecho cambié de banco para tener que buscar un nuevo compañero de trabajos prácticos. Quería evitarlo. Estaba atormentando mi mente. Aparecía en mis sueños más recónditos, inclusive en mis pesadillas más temidas. Siempre estaba ahí, él. Con sus ojos color miel, con sus suaves garras. Con su pecado erecto.

-Hija, cuide su vocabulario. Está en la casa de Dios.

-Lo intento padre, pero esta confesión va a ir más allá de lo moral.

-Prosiga.

– Como le dije, no podía sacarlo de mi cabeza. Además de sus mensajes, el mundo me daba señales. Cada película, cada canción, cada frase en cada libro era él. Era Lucifer. Cuando menos lo pensé había caído de vuelta en la tentación. Estaba en la puerta de su casa, como en un abrir y cerrar de ojos ya me encontraba ahí. Su hogar, el purgatorio.

Respiré profundo, relajé mis brazos. Continué.

-Franco estaba enojado. Me exigía una explicación de por qué había ignorado sus mensajes, de por qué lo había dejado de ver. Me dijo que un maestro jamás deja ir a su alumno hasta que este haya aprobado el examen… Y cuando quise responder a sus gritos, me besó… con fuerza y sin sutileza. Por cada beso que me daba su enojo se desvanecía. Pero las almas olvidadas del infierno llegaban. Esas almas que nunca nos dejaron solos. Sus demonios.

Recité: “Y beberás de mi simiente (…) Colocando su mano en mi cuello. Jalando con fuerza descendente, mi cuerpo sobre el suyo, ardientes. En sus ojos podía ver mi fuego encendido (…) Eterna llama que proclama, en su silencio cual dama, un alma que contemplar y abrazar entre gemidos, ésos labios ahora míos y juntos al azar invocar (…) Disfrutas mi cuerpo, el sacrificio seré, entregas mis humores, me mudas la piel. Siento el calor que vuelve a nacer desde lo etéreo de lo que somos. Es la luz que ilumina el infierno en tus ojos.”

Pude notar la incomodidad del cura, tosió por lo bajo y se acomodó en su silla. Sin embargo, mi voz tomaba cada vez más fuerza para continuar.

-Ese beso, padre, fue la razón para darme cuenta que jamás iba a poder resistirme a él. Lo vi transformarse en una fiera ardiente. Se quitó sus ropas y su cuerpo tomó la forma de la llama misma. Roja por fuera, a punto de quemar. Amarilla por dentro, sus ojos al mirar. Me tomó de los cabellos y me tiró a la cama. Aún recuerdo el frio de sus sábanas blancas en mi nuca. Ya no era Franco, era Lucifer. Lo había poseído y lo que menos quería en ese momento era exorcizarlo. Quitó mis prendas dejándome como Eva. Desnuda, pura, única. Las luces estaban bajas. Bajas como el infierno que existía en su presencia. Él era lo que me gustaba, él era lo que siempre quise.

 

Mis manos empezaron a temblar. Estaba transpirando. Mis hormonas habían subido la temperatura del confesionario. Lo sé porque el cura transpiraba igual que yo. Podía sentir como nuestras energías se compactaban.

– “Vas a sacrificarte por mí. Nadie deja este mundo sin haber pecado. Te quiero a vos, te quiero completa.” Franco repetía una y otra vez. Pero padre, ¿es considerado un sacrificio cuando uno tiene tantas ganas de hacerlo? ¿Acaso la iglesia no nos enseña que haciendo el bien, sintiéndonos bien, estamos cumpliendo la profecía de Jesús?

-¿Qué sacrificio hizo usted, hija?

-Me entregué. Me entregué a él.

Exhalé aire, sentí como una leve carga salía de mi espalda.

-Posados en esa cama, el fuego a nuestro alrededor avanzaba.- continué contándole al cura – Se recostó encima de mí y besó mi cuello. Mis ojos se tornaron blancos. Podía sentir aquellos espíritus entrar en mi cuerpo. Habitar mi alma, corromperme. Franco abrió mis piernas y apoyó su miembro erecto en mi vagina.

Nuevamente el cura tosió, se acomodó sus ropas. La pierna derecha le temblaba. Casi sin poder hablar me pidió continuar.

-Abrí mis piernas deseosas de recibir la eucarística. Así como tanta gente la recibe de usted en su misa, yo la esperaba de Franco. Su glande inflamado ingresó en mí y dolió. ¡Ay señor! No recuerdo nada en este mundo que haya dolido tanto como aquel acto de impureza. Sentí como su pene rompía mi tela de castidad. Mi alma corrompida era ultrajada por la suya.

Empecé a acelerar mi tiempo. Relataba cada detalle con pasión. Estaba emocionada como pocas veces lo estuve de revelar algo.

-Padre, me dolía… pero me gustaba. Sus dedos estaban marcados en mis hombros por sus fuertes manos. Yo sentía que fluía sangre caliente en todo mi cuerpo. Estábamos sacrificándonos por un bien que es considerado pecado. ¿Cómo algo tan maravilloso puede considerarse pecado, padre? ¿Cuántos de ustedes han considerado herejes a pobres almas inocentes que solo se dedican a satisfacerse? Padre, si usted supiera la pasión que vivimos esa noche. El calor de nuestros cuerpos encontrados. Se movía a velocidades que jamás pensé que un humano podía hacer. Es que claro ¡él no es humano! Es de otro mundo y este ángel se enamoró de Lucifer; y sé muy bien que usted sabe de qué hablo. Puedo verlo en sus mejillas ruborizadas, en su frente transpirada. Padre puedo notarlo tan excitado como yo. Como Franco. Como aquella noche.

-Usted es una bajeza para la iglesia católica. Debe reivindicarse de inmediato. Una falta de respeto lo que está haciendo acá.

– ¿Lo es? ¿Realmente lo es?

-Jovencita, ¿usted sabe lo que es la expiación en la religión?

-No

-Es una forma de satisfacción de un pecado. El pecado es tomado con un obstáculo entre el hombre y Dios; y la expiación es aquello que permite eliminar dicho obstáculo para volver a clarificar la relación.

Me quedé pensativa unos segundos, levanté mi cabeza con total orgullo y me acerqué a la salida.

– Lo hice padre, acabo de liberar todas mis verdades. Me acabo de dar cuenta que mi relación con el diablo esta clarificada. ¿La suya lo está? Porque ese pecado encendido debajo de su sotana no lo parece.

Salí sin mirar atrás. Dejé detrás de mi espalda aquella iglesia, dejé aquella religión mal comunicada como lo que es. Una cárcel a los placeres. Mientras caminaba sentía mi cuerpo transformarse. Las alas caían en forma de cenizas, la aureola se convirtió en cuernos. Nació un nuevo tipo de ángel rojo. Nací.

 

“Contempla los efectos de tus religiones, de esos movimientos que han arrebatado a millones con sus fantásticas afirmaciones. Contempla lo que han provocado a lo largo de la historia humana. Contempla las guerras desencadenadas por su culpa; contempla las persecuciones, las masacres. Contempla la esclavización pura de la razón; contempla el precio de la fe y del fanatismo. ¿Es acaso el mal una gransima peligrosa en la que uno cae con el primer pecado y se desploma a las profundidades? – Anne Rice

 

(Los espero en facebook: Ana de Sade y en Instagram: @calypsomendo

Agradecimiento especial a Mina Murray, referente y musa.)

WhatsAppShare

Comentarios

  1. Calypso dice:

    Los espero en facebook: Ana de Sade y en Instagram: @calypsomendo

    Agradecimiento especial a Mina Murray, referente y musa.

  2. Yaye dice:

    Jajjajaja totalmente identificada. Amé el final.

  3. Gaston dice:

    Excelente la trilogía de relatos!!!

  4. nahuff dice:

    Me había quedado pendiente el leer este relato. Y nada mejor que leerlo después de llegar del laburo… Sos la escritora que me relaja a tal punto que me hace imaginar todo tal y como fuese en una película. Te amo Calypso sos una genia!

Opina

*